JUGADA DE DAMAS
Una vez acompañé a dos reinas a la vez. Al mismo tiempo. Una, natural, de sangre: Sofía, la esposa del rey español Juan Carlos. La otra, no de sangre, hija de un simple ferroviario soviético, pero también en aquellos años todavía toda una reina: Raísa Gorbachova.
Ambas tenían una auténtica apostura real, aristocrática: esbeltas, delgadas, con movimientos pausados y lentos. Ambas, conocedoras de su valor. Fue, si no me equivoco, el año 1990. Sofía llegó a Moscú – muy probablemente en el marco de la visita de su augusto esposo – y, además, pidió que se le concediera un tiempo adicional para una excursión no protocolaria, casi privada (incluso íntima), por el Kremlin. Y Raísa Gorbachova le hizo compañía, era la parte anfitriona. La dueña.
La reina.
El guía, eso sí, muy parco en palabras, pero atento y cortés, era el propio Mijaíl Barsukov, creo que el último comandante soviético del Kremlin; más tarde se convertiría prácticamente en el primer director del FSB, ya con Yeltsin. Yo entonces trabajaba en el Kremlin, en el equipo de Mijaíl Gorbachov, y por alguna razón también me tocó esa tarea inesperada: acompañar a las reinas.
Yo no era un experto ni en los interiores del Kremlin (en aquel entonces aún no tan pomposamente restaurados, no tan relucientes como ahora) ni en sus secretos, así que mi papel en este caso fue casi mudo. Las grandes damas se comunicaban con toda naturalidad: las mujeres siguen siendo mujeres, incluso si son reinas. A veces, creo, incluso prescindían del intérprete: Raísa Gorbachova también se expresaba bastante bien en inglés.

La excursión fue muy femenina. Recuerdo una merienda moderadamente mundana: las finísimas tazas de porcelana del Kremlin brillaban en los dedos elegantes como capullos abiertos de amapolas calmucas. Pero lo que más recuerdo es que no visitamos el museo-apartamento de Lenin y, por cierto, tampoco el Fondo de Diamantes. En cambio, sí estuvimos, e incluso nos detuvimos, en el dormitorio real conmemorativo del Kremlin (yo no sabía que había tal cosa en el Kremlin). Me pareció que a la reina Sofía le despertó un interés especial: seguramente en su momento le habrían sugerido que una de las esposas de nuestro Iván el Terrible también se llamaba Sofía. Y también era griega (la reina española, como se sabe, tiene sangre griega). Parece que eso fue lo que más atrajo su atención sobre el Kremlin, y a eso debió su visita.
Las damas se despidieron cálidamente en el patio interior del Kremlin. Me había tocado observar la comunicación de Raísa con Nancy Reagan, y en ese momento me pareció que, a pesar del estatus de mayor alcurnia de su actual invitada, Raísa Gorbachova se sentía más relajada con Sofía.
Sí, casi lo olvido. Esta visita fue de reciprocidad: aproximadamente un año antes, los Gorbachov habían estado en Madrid. Raísa se preparó para ese viaje con mucho esmero, especialmente para la visita al legendario museo del Prado, y se rodeó de álbumes y guías. Y luego en el museo, mucho antes de encontrarse frente a la siguiente obra maestra, se adelantaba a las explicaciones del guía: “¡Goya! ¡Velázquez!…”
Y, satisfecha consigo misma, miraba hacia nosotros, los acompañantes. Nosotros, por supuesto, confirmábamos al unísono: “¡Goya, Velázquez!” De ese viaje a Madrid también recuerdo la visita al museo de Picasso y cómo nos acompañó desde Madrid hasta Barcelona el joven príncipe Felipe, hoy rey; entonces era un muchacho alto, frágil, hermoso, casi un niño. Llevaba un uniforme que no sabía si era de cadete o de estudiante; era tímido y sonreía en silencio (su sonrisa es igual a la de su majestuosa madre). Mostró a la pareja Gorbachov el estadio Olímpico, que entonces estaba en construcción y hoy es famoso.
Cuando veo ahora en la pantalla del televisor o de algún dispositivo a este monarca canoso, delgado, contenido y ya sabio, pienso: ¡cómo vuela el tiempo!
Por Guiorgui Priajin, escritor,
director de la editorial Vostochny Ekspress
(“Expreso del Este”)